En un país donde históricamente la percepción sobre los servicios públicos de salud ha estado marcada por la desconfianza, los primeros 100 días de gestión del doctor Julio César Landrón al frente del Servicio Nacional de Salud (SNS) plantean un punto de inflexión que merece ser analizado más allá de los números.
Más de 12 millones de servicios de salud ofrecidos en apenas un trimestre no es solo una cifra impactante; es una señal clara de dinamismo en la red pública. El crecimiento de un 7.97 %, con más de 900 mil atenciones adicionales respecto al mismo período del año anterior, no ocurre por casualidad. Es el resultado de una combinación de gestión activa, inversión dirigida y una apuesta decidida por reorganizar el sistema desde dentro.
Pero lo verdaderamente relevante no es solo cuánto se ha hecho, sino cómo se está haciendo.
El aumento en consultas, cirugías, hospitalizaciones, estudios de laboratorio e imágenes evidencia un sistema más activo, sí, pero también más demandado. Y cuando la demanda crece en el sector público, el mensaje es contundente: la gente está volviendo a confiar. Esa confianza, muchas veces intangible, es el indicador más difícil de conquistar en cualquier política pública.
Ahora bien, ningún sistema de salud se transforma únicamente desde los escritorios. Las cerca de 90 visitas de supervisión realizadas en estos primeros meses reflejan un estilo de gestión de territorio, de contacto directo con la realidad hospitalaria, con sus fortalezas y sus carencias.
Esa presencia constante envía una señal interna al personal de salud y externa a la ciudadanía de que hay dirección, seguimiento y compromiso.
A esto se suma la habilitación de nuevas unidades especializadas, particularmente en áreas sensibles como salud mental, diálisis y pie diabético. No se trata solo de ampliar servicios, sino de responder a necesidades históricamente desatendidas. En un contexto donde la salud mental ha ganado relevancia global, su incorporación como eje operativo dentro de la red pública marca una evolución necesaria.
La inversión en equipamiento, que supera los RD$127 millones, también apunta en la dirección correcta.Modernizar hospitales no es un lujo; es una condición básica para ofrecer diagnósticos oportunos y tratamientos efectivos.
Sin tecnología adecuada, cualquier esfuerzo humano queda limitado.
Sin embargo, donde se percibe uno de los avances más significativos es en la reducción de la mortalidad materna, infantil y neonatal. Pasar de 40 a 17 muertes maternas en un año no es solo una mejora estadística; es la diferencia entre la vida y la muerte para decenas de familias dominicanas. Ahí es donde la gestión deja de ser discurso y se convierte en impacto real.
Por supuesto, los desafíos siguen siendo enormes. La sostenibilidad de estos avances dependerá de la continuidad en las políticas, la eficiencia en el uso de los recursos y, sobre todo, de mantener la coherencia entre lo que se promete y lo que se ejecuta.
En ese sentido, el alineamiento con la visión del presidente Luis Abinader —centrada en la humanización del servicio, el fortalecimiento de la atención primaria y la ampliación de la red de trauma parece estar marcando una hoja de ruta clara.
La salud pública no se transforma en 100 días, pero sí puede encaminarse. Y eso es precisamente lo que reflejan estos primeros resultados: un sistema que comienza a moverse, a responder y, más importante aún, a recuperar la credibilidad.
Porque al final, más allá de cifras y reportes, el verdadero éxito de una gestión en salud se mide en algo mucho más profundo: la tranquilidad de un ciudadano que sabe que, cuando lo necesite, será atendido con dignidad.

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