La otra cara de la fatalidad dominicana. Por Evaristy Jiménez

La República Dominicana siempre ha estado marcada por altibajos, como una especie de montaña rusa o, mejor aún, como picos de glucosa constantes. Es una realidad innegable, producto de nuestra accidentada historia, que comenzó en 1492 y persiste mucho más allá de lo que la imaginación podría prever.

Durante los finales del siglo XX y lo que va del siglo XXI, hemos estado en la constante búsqueda de un liderazgo que, de manera confiable, se ocupe de los graves problemas acumulados, así como de los nuevos desafíos que surgen a diario. Estos problemas, que se gestan en la cotidianidad, se entrelazan con ciclos y fenómenos inesperados que deben ser enfrentados con la urgencia que requieren.

En la última década, específicamente entre 2014 y 2024, los acontecimientos políticos en la República Dominicana se han desbordado de una manera inédita. Un claro ejemplo de esto es que, desde 2014 hasta 2024, el PRM y la Fuerza del Pueblo se han consolidado como las principales fuerzas políticas, desplazando al PRD y al PLD, que dominaron la vida política nacional durante la última parte del siglo XX.

Hoy, con una nueva Reforma Constitucional que, en cierta forma, cierra un ciclo, nos encontramos ante una situación compleja. A pesar de que el presidente Luis Abinader es un político menos desgastado en comparación con sus predecesores, él, al igual que Danilo Medina, quedará excluido de la posibilidad de un nuevo mandato presidencial, debido a una mala interpretación de la Constitución modificada en 2002. Esta modificación, que pretendía emular la vigésima segunda enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, resultó ser una nueva forma de adaptar la ley a la «dominicana». Esta es la razón por la cual Leonel Fernández sigue gravitando en las lídes política nacionales.

Este panorama complica aún más la situación, sobre todo después de que el presidente Abinader anunciara su retirada de la contienda electoral futura (aunque no necesariamente de su protagonismo en 2028). Por un lado, la Fuerza del Pueblo (FP) se perfila como la primera monarquía política real en la historia dominicana, ya que padre e hijo tienen la posibilidad de ser candidatos presidenciales al mismo tiempo, caso de Omar Fernández. Este escenario deja pocas probabilidades de que surja una figura de última hora dentro de esa organización.

Por el lado oficial, la situación es aún más incierta, ya que estamos en los primeros días de un gobierno que aún no ha llegado a los cien días, los cuales se cumplirán el próximo 24 de noviembre. La lucha interna podría ser extremadamente desgastante, o podría tratarse de una lucha híbrida, con constantes ajustes que eviten que la situación llegue a un punto de no retorno. Sin embargo, también existe la posibilidad de que se realicen primarias pactadas, bajo una fórmula de concesiones acordadas, dependiendo de los resultados de las mismas. Todo esto y muchas otras variables aún están por verse.

Los partidos tradicionales, por su parte, juegan a su favor dentro del caos de sus respectivas organizaciones. En el caso del PRD, se especula sobre posibles movimientos, con dos candidatos cercanos a esos rumores: David Collado y Carolina Mejía. Si esto se concretara, dejaría a cualquiera de ellos sin ninguna posibilidad real de alcanzar la mansión de la Avenida México del Ensanche Gazcue, por una razón sencilla: «la pava no pone donde ponía». Esto dejaría al PRD, al PLD y al Partido Reformista con su último aliento electoral, buscando resurgir en el futuro (ya que la formula aplica para ellos también de buscar algún viejo guía).

Aunque el año 2028 parece lejano desde el punto de vista electoral, ya contamos con una docena de posibles candidatos, tanto en los partidos fuertes como en los más decadentes, los llamados emergentes y los nuevos partidos que están surgiendo con miras a esa contienda. Esto podría generar una multiplicidad de escenarios, siendo uno de los más relevantes la posibilidad de un balotaje en 2028, si el partido oficial sufre un descalabro. Este hecho debería hacer reflexionar a los grupos internos del partido oficial sobre sus estrategias.

Por último, y no menos importante, está el fenómeno de las figuras que buscan protagonismo de manera insustancial, montadas en la ola de la postverdad (la era de las noticias falsas o fake news), con discursos disruptivos, pero desconectados de la realidad que impera en la República Dominicana. Estas personas, con graves problemas de coherencia personal y sin la capacidad de negociar sin imponer sus egos, podrían generar alianzas de futuro que no tienen base sólida. En definitiva, la fatalidad dominicana está profundamente vinculada a su carta sustantiva.

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